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DOLOR DE ESPALDA

 

LAS PATOLOGIAS CARACTERISTICAS

DEL INDIVIDUO MODERNO (V) 

 

“Cuando cargamos con más de lo que deberíamos nuestra espalda va llenando su mochila imaginaria hasta que con su dolor intenta avisarnos de que algo en nuestra actitud frente a la vida no va como debiera”.

El dolor de espalda es un problema muy frecuente en nuestros días puesto que bajo esta generalización se incluyen una gran variedad de patologías. Este amplio abanico abarca desde dolores originados por problemas óseos, como hernias o en las distintas zonas de la columna vertebral, hasta otros de origen muscular, como contracturas, o los secundarios a otras patologías, como es el caso de dolor de espalda por artrosis, por ejemplo.

El ritmo de vida que llevamos actualmente nos exige una constante actividad, sea física o mental, que implica un desgaste a todos los niveles así como una sobrecarga y la adopción de hábitos no correctos. Vamos con prisas para llegar a todo y muchas veces actuamos por actos reflejos sin prestar atención a los movimientos que hacemos o a las posturas que adoptamos.

Contracturas musculares, traumatismos, sobrecarga, degeneración de las vértebras o deformidades de la columna suelen ser las causas más habituales del dolor de espalda y en muchos casos estos dolores se relacionan con la tensión o la lesión en un músculo o ligamento.

Por contractura entendemos “la contracción involuntaria, duradera o permanente de uno o más grupos musculares, que mantiene la parte respectiva viciosa, difícil o imposible de corregir por movimientos pasivos”, es decir, le pedimos al músculo un esfuerzo superior al que puede soportar y esto hace aumentar el tono muscular de forma forzada y persistente. Esta exigencia puede ser puntual aunque intensa, como por ejemplo levantar algún peso, o bien de menor intensidad pero más prolongada, como es el mantenimiento de determinadas posturas que adoptamos al estar sentados o de pie mucho rato, actitud muy frecuente en horas de trabajo. Podemos, además, empeorar la contractura si se da el factor añadido de debilidad muscular; si el músculo no está bien nutrido y es poco resistente se lesionará con facilidad al exigirle esfuerzos que no está capacitado para realizar.

Otra de las patologías más frecuentes que encontramos hoy en día en consulta es la que se sitúa a lo largo de la columna vertebral. Si la parte afectada corresponde a alguna de las siete vértebras cervicales nos encontraremos con distintas manifestaciones como, por ejemplo, dolores de cabeza o mareos, entre otras, mientras que si el problema se localiza en la zona de las doce vértebras dorsales sentiremos dolor en la parte central del dorso. 

Sin embargo, dentro de este apartado los dolores más habituales corresponden a la lumbalgia, o dolor en la parte baja de la espalda. Según las estadísticas el 80% de la población sufre o sufrirá algún episodio de dolores lumbares en algún momento de su vida y este problema representa una de las principales causas de baja laboral en occidente. A menudo olvidamos que esta parte del cuerpo es una zona muy vulnerable y sin darnos cuenta la sometemos a sobreesfuerzos, malas posturas y  movimientos físicos inadecuados.

El lumbago suele tener un origen mecánico-funcional aunque puede asociarse a distintas causas, como hernias discales (dislocación total o parcial de un disco intervertebral), lesiones de ligamentos, inserciones musculares… Hay que destacar también que el sobrepeso o la falta de ejercicio juegan aquí un papel importante. El dolor en esta zona suele aparecer de forma brusca o progresiva, según sea su origen, con irradiación generalmente hacia los glúteos y las piernas, con contractura muscular y limitación del movimiento.

Si bien las características físicas personales y los antecedentes familiares de cada uno son determinantes a la hora de enfermar y definir la patología, también es cierto que los factores emocionales y sociales ejercen aquí su influencia. El estrés, la ansiedad, la depresión, la insatisfacción, la ira, la frustración, el miedo o el desengaño, entre otras, son sólo algunas de las causas que pueden alejarnos de un óptimo estado de salud.

Tanto es así que nuestras pautas mentales pueden relacionarse con determinadas enfermedades. Sólo por citar algunos ejemplos podríamos decir que la rigidez puede traducirse en tortícolis, el miedo y la baja autoestima en úlceras, el anclaje en el pasado y el apego a viejas ideas en estreñimiento mientras que el temor y el rechazo en diarrea. 

En este contexto la espalda representa el apoyo de la vida: un problema en la parte superior puede relacionarse con el sentimiento de falta de apoyo emocional, en la parte media, con culpa o sensación de carga, mientras que en la parte inferior puede estar indicándonos el miedo a la falta de apoyo económico. No hay duda de que cuando cargamos con más de lo que podemos, debemos o en cualquier caso nos correspondería nuestra espalda va llenando su mochila imaginaria hasta que con su dolor intenta avisarnos de que algo en nuestra actitud frente a la vida no va como debiera. 

Rosa Maria Canas ©2017

 
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estres

 

ESTRÉS

 

LAS PATOLOGIAS CARACTERISTICAS

DEL INDIVIDUO MODERNO (IV) 

 

El hombre moderno debe dominar su estrés y aprender a adaptarse, pues de lo contrario se verá condenado al fracaso profesional, a la enfermedad y a la muerte prematura” (Hans Seyle)

Hoy en día a nadie le sorprende oír hablar de estrés. Es un término procedente del vocablo inglés “stress” -esfuerzo, violencia, tensión- que se ha hecho muy popular en la sociedad actual como reflejo de la vida activa y acelerada que llevamos. Por estrés entendemos el conjunto de reacciones, tanto biológicas como psicológicas, que se desencadenan en el organismo cuando éste se enfrenta de forma brusca con un agente nocivo, cualquiera que sea su naturaleza. Ciertos niveles de estrés son necesarios para mantenernos en un estado de alerta que garantiza nuestra supervivencia y nos sirve de estímulo para afrontar nuevos desafíos pero el problema aparece cuando estos índices se disparan provocando ciertas reacciones patológicas en nuestro cuerpo-mente: fatiga, depresión, insomnio…
El concepto de estrés se lo debemos al doctor austriaco Hans Seyle (1907-1982) quien observó que cualquiera que fuera la enfermedad que padecieran sus pacientes en su gran mayoría presentaban una serie de síntomas comunes, tales como cansancio, astenia y pérdida de apetito, entre otros. En lugar de concentrar sus esfuerzos en identificar las enfermedades individuales y buscar un remedio para cada una de ellas en 1936 Seyle denominó este cuadro como “Síndrome de estar enfermo” puesto que para él estos signos eran el resultado de los esfuerzos del cuerpo para responder a la angustia que generaba la enfermedad. Esta colección de síntomas, más las alteraciones orgánicas que se producen en situaciones de tensión, Hans Seyle las agrupó posteriormente bajo la etiqueta de “Síndrome de estrés” o “Síndrome de adaptación general”, que definió como “mecanismo automático y esteriotipado que se dispara ante cualquier situación estresante, involucrando un conjunto de reacciones inespecíficas que movilizan las reservas energéticas para hacer frente a las demandas externas”. El término de síndrome se refiere al conjunto de síntomas y signos que se presentan a la vez mientras que el de adaptación responde al hecho de que en todos los casos es una respuesta del organismo para poder responder a los estímulos que siente como agresivos, ya sean físicos, emocionales, ambientales, metabólicos, sociales o de cualquier otra naturaleza. Es por ello que según Seyle “el hombre moderno debe dominar su estrés y aprender a adaptarse, pues de lo contrario se verá condenado al fracaso profesional, a la enfermedad y a la muerte prematura”.
Hans Seyle estableció que en todo proceso de producción de estrés existen tres fases: alarma, resistencia y agotamiento.
La fase de alarma es la reacción inicial al estés en la que se activan en cuestión de segundos y de forma automática el sistema simpático-adrenal, compuesto por el sistema nervioso simpático, y las glándulas suprarrenales. El cerebro al detectar una amenaza da orden de segregar adrenalina y otras hormonas relacionadas con el estrés para que el cuerpo sea capaz de dar una respuesta inmediata de lucha o de huida. Entre otras reacciones este mecanismo de alarma hace acelerar el ritmo cardíaco y respiratorio y aumentar los niveles de glucosa en sangre.
Frecuentemente si la tensión persiste por más de unas horas se entrará en la fase de resistencia, en la que a pesar de los esfuerzos por resolver la situación que vivimos como una amenaza seguimos sin encontrar una salida. Esto provocará que nuestro organismo siga sometido a un proceso de estrés mantenido y prolongado y aunque intentará adaptarse de manera progresiva, segregando principalmente corticoides, disminuirá su capacidad de respuesta ya que para permitirnos resistir los efectos devastadores del estrés gastará mucha energía. A nivel físico pueden aparecer dolores frecuentes de cabeza, tensión muscular, insomnio, pesadillas, fatiga y aumento de la temperatura corporal, entre otras manifestaciones. Por lo que respecta a los síntomas mentales pueden incluir tics nerviosos, irritabilidad, ansiedad por la comida, dificultad de concentración o sensación de fracaso.
Finalmente a la fase de agotamiento se llega cuando la reacción de resistencia ha superado ya el límite, es decir, cuando a causa de una situación de estrés demasiado prolongada se produce un deterioro importante que conlleva el fallo funcional y orgánico. En esta fase pueden surgir variedad de enfermedades severas, como hipertensión, problemas cardíacos, derrames cerebrales, úlceras y hasta cáncer.
La manera de manejar con éxito el estrés depende de las características propias de cada persona y del momento puntual que atravesamos cuando éste se presenta en nuestras vidas. Si bien existen distintas maneras para afrontar el estrés de modo general podríamos decir que hay cuatro pilares básicos que deberíamos respetar para que nuestro método sea efectivo: mantener una actitud mental positiva ante la vida, relajación mental y ejercicio físico, dieta saludable y, si es necesario, suplementación natural para reforzar nuestro organismo.

Rosa Maria Canas ©2017

 
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INSOMNIO

 

LAS PATOLOGIAS CARACTERISTICAS

DEL INDIVIDUO MODERNO (III) 

 

“La incapacidad para conciliar o mantener el sueño de forma adecuada no es sino una manifestación de que algo en nuestro cuerpo-mente no anda bien”. 

“En Medicina Tradicional China el hecho de no poder dormir cuando correspondería hacerlo puede relacionarse con la afección energética de distintos órganos”.

El término “insomnio”, proveniente del vocablo latino “insomnium”, lo definimos como vigilia, falta de sueño, desvelo anormal o disminución involuntaria de las horas de sueño. En la sociedad en que vivimos, en la que por lo general nos sentimos obligados a llevar a cabo una actividad frenética, las tensiones y el estrés que acumulamos a diario pueden encontrar salida en los momentos destinados al descanso, aquellos en los que teóricamente podemos reponer fuerzas. Sin embargo nuestro cuerpo, y lo que es más importante, nuestra mente, están tan entrenados a cierto ritmo que en ocasiones son incapaces de “desconectar” aunque la inevitable sensación de cansancio nos lo esté pidiendo a gritos.

Las alteraciones del sueño suponen, lamentablemente, un problema de actualidad en nuestros días, y son una de las maneras que tiene el cuerpo de decirnos que algo anda mal. El insomnio no tiene nada que ver con el número de horas que dormimos ya que cada persona es distinta y necesitará dormir más o menos según sus propias características. Hay individuos que con pocas horas de sueño funcionan a la perfección al igual que otros cuyas necesidades de descanso son superiores. De todos modos y de forma general se calcula que por término medio una persona adulta necesita dormir entre 7 y 9 horas diarias para recuperarse y poder realizar su actividad habitual con la energía suficiente. El hecho de no poder dormir noche tras noche hace, en primer lugar, que la persona se sienta cansada e incapaz de afrontar un nuevo día sencillamente porque no se siente con fuerzas; disminuye la capacidad de concentración lo que aumenta los riesgos según el trabajo que se realice, en el cual, sea dicho de paso, no se rendirá como se debiera. Por lo general la falta prolongada de sueño reparador hace que la persona se muestre irritable e insociable condicionando así su modo de vida y sus relaciones.

Muchas y diversas son las causas que pueden provocar insomnio. Desde el punto de vista de la Medicina Tradicional China el hecho de no poder dormir cuando correspondería hacerlo puede relacionarse con la afección energética de distintos órganos. Cuando somos de aquellas personas que le damos vueltas y más vueltas a las cosas en un exceso de actividad mental siempre en torno al mismo tema estamos sobrecargando al bazo. Si algo “me quita el sueño” es porque me preocupa y por tanto no dejo de pensar en ello. Al bazo este derroche de “rumiación” no le gusta nada así que este órgano, al estar bajo presión provocará que entremos en un círculo vicioso: el insomnio por preocupación excesiva afectará la energía de bazo de modo que éste no podrá realizar sus funciones correctamente, entrará en hipofuncionamiento y hará que aumente aún más nuestra preocupación por el tema.

Por su parte, la energía de hígado puede ser también responsable de la imposibilidad de conciliar el sueño. Cuando por la causa que sea este órgano pierde su capacidad de llevar a cabo el movimiento energético por el cuerpo de forma correcta puede producirse un desequilibrio que dará, entre otros síntomas, insomnio.
Así mismo, el corazón es el órgano que controla los vasos sanguíneos a la vez que las actividades mentales y el Shen, el “alma consciente”. Si el Shen no está bien alimentado por la sangre se verá perturbado y nos encontraremos ante un cuadro patológico que incluirá alteraciones del sueño.

Al igual que distintas causas, existen también distintos tipos de insomnio, según su duración o sus características. En referencia al tiempo de evolución podemos encontrarnos con:

  • Insomnio ocasional o transitorio, considerado como un episodio agudo de una o varias noches de duración y desencadenado como respuesta a una situación de estrés, dolor pasajero o consumo de alguna sustancia.
  • Insomnio de corta duración, que oscila entre una y tres semanas.
  • Insomnio crónico, de más de tres semanas de evolución.

Por lo que se refiere a sus características, el hecho de no poder dormir puede clasificarse en:

  • Insomnio predormicional o de primera hora, que es aquel en el que la persona tiene dificultades para conciliar el sueño pero que una vez dormida no se despierta en toda la noche.
  • Insomnio dormicional o de segunda hora, en el cual hay dificultad de reconciliar el sueño al despertarse por la noche.
  • Insomnio posdormicional o despertar precoz, en el que el sueño cesa a primeras horas de la mañana para no reaparecer.

Según sea el insomnio el principio terapéutico deberá ser distinto, sin olvidar que el punto de mira del tratamiento ha de ser la causa de la alteración: la incapacidad para conciliar o mantener el sueño de forma adecuada no es sino una manifestación de que algo en nuestro cuerpo-mente no anda bien. 

Rosa Maria Canas ©2016

 
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