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LA ALIMENTACIÓN

SEGÚN LOS GRUPOS SANGUÍNEOS (I) 

 

A CADA TIPO DE SANGRE SU PROPIA DIETA 

 

“La sangre es como una huella digital celular que determina que cada ser humano es único y nos da unas pautas sobre cómo vivir de la manera más saludable” 

“Lo que es alimento para una persona es veneno para otra”

Que la alimentación es uno de los pilares básicos en el mantenimiento del estado de buena salud es una afirmación que hoy en día nadie cuestiona. Tras décadas de considerar que alimentarse es simplemente un acto necesario para sobrevivir, como por ejemplo respirar, dormir o beber, especialistas de todo el mundo coinciden en el principio de la medicina natural que observa la dietética como algo más que un mero instinto primario intrínseco a la persona. No se descubre así nada nuevo sino que se recupera por fin el antiguo principio que ya avanzó Hipócrates 460 años antes de Cristo: “que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento”.

Así pues, el concepto de “alimentación” queda corto para definir la importancia y la repercusión que tienen en nuestro bienestar los alimentos que comemos; de ahí que resulte más preciso, y sobretodo más justo, utilizar el término “dietética nutricional”. No se trata de “comer” sino de “nutrir”.

Podemos definir el término alimentación como “el efecto de alimentarse”, entendido como “el conjunto de lo que se toma o se proporciona como alimento” mientras que nutrición significa “la adquisición de sustancias asimilables por parte de los seres vivos para transformarlas en materia propia y fuente de energía”. De ahí se desprende que cuando comemos estamos ingiriendo alimentos, pero, ¿estamos nutriendo correctamente a nuestro organismo?, ¿le estamos aportando todos los nutrientes (vitaminas, minerales, aminoácidos…) que necesita para su correcto funcionamiento? Y de ser así, ¿puede aprovecharlos todos al máximo o sólo algunos le resultan biodisponibles para transformarlos en la energía que necesitamos para nuestra actividad diaria?

La respuesta a estas preguntas podría explicar hechos tan curiosos como el porqué con la misma dieta algunas personas son capaces de bajar peso mientras que otras no sólo no pierden kilos sino que incluso pueden engordar; porqué en determinados ambientes unas personas tienen más facilidad que otras para enfermar; o porqué algunas personas conservan su vitalidad a una edad ya avanzada mientras que otras en esa misma etapa de su vida se deterioran no sólo física sino también psíquicamente. Son paradojas que en apariencia parecen no tener conexión alguna entre sí ni explicación lógica pero que no resultan tan inconcebibles si partimos del principio de que la sangre es la vida misma, la fuerza que impulsa el misterio del nacimiento, la enfermedad y la muerte y que desde la antigüedad se ha utilizado como símbolo religioso y cultural. A lo largo de la historia muchas civilizaciones se han construido  sobre la base de los lazos de sangre y ésta se ha utilizado como símbolo en numerosos mitos y rituales sagrados: los remotos cazadores ofrendaban la sangre de los animales que mataban para apaciguar sus espíritus, los textos religiosos aseguran que Moisés convirtió en sangre las aguas de Egipto para salvar a su pueblo y aún hoy se representa simbólicamente la sangre de Cristo en la ceremonia más sagrada del mundo cristiano.

La sangre es pues, como una huella digital celular que determina que cada ser humano es único, una característica genética que nos identifica y por tanto nos da una guía con sus pautas sobre cómo vivir de la manera más saludable. Los distintos grupos sanguíneos son como un libro antropológico abierto que reflejan la capacidad humana de adaptarse desde sus orígenes a los distintos desafíos ambientales. En la vida primitiva los humanos se veían obligados a desplazarse, en primer lugar, para garantizar su supervivencia a salvo de otros predadores y también para encontrar alimento. Estos desplazamientos implicaron cambios en el tipo de alimentación y llevaron a modificaciones en los sistemas digestivo e inmunológico del individuo para facilitarle su adaptación a cada hábitat. Son estos cambios los que se reflejan en la aparición de los distintos grupos de sangre, grupos que al parecer podrían haber surgido en los momentos más críticos del desarrollo humano.

Encontramos así que el ascenso de los humanos a la cúspide de la cadena alimentaria representó la máxima evolución del tipo O. Cuando el cazador-recolector se vio obligado a llevar una vida más agrícola y doméstica apareció el tipo A, que daría paso al grupo sanguíneo B con la fusión de distintas razas. Finalmente la mezcla moderna de los  distintos grupos ha dado lugar a la aparición del tipo AB.

Así pues, cada grupo sanguíneo contiene el mensaje genético de nuestros antepasados y los factores ambientales y dietéticos que vivieron en cada momento. Aunque actualmente ya estamos muy lejos de la historia primitiva esta memoria permanece en nuestro grupo sanguíneo. Es por ello que cada tipo de sangre tiene unos alimentos que le benefician y otros que le perjudican, lo que puede explicar que perdamos o no peso cuando hacemos dieta, que nos sintamos con más o menos energía o que nuestra salud se acerque al máximo al óptimo estado de bienestar. Dicho de otro modo, cada grupo sanguíneo tiene su propia dieta.

Como reza un antiguo refrán “lo que es alimento para una persona es veneno para otra”.  

Rosa Maria Canas ©2015

 

 


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NEURALGIA DEL TRIGÉMINO 

 

LA LLAMADA ENFERMEDAD DEL SUICIDO

 

 

“El nervio trigémino tiene una función sensitiva y una función motora y es el nervio más importante, el más elástico y el más grande de la cara ya que con sus tres ramas  ocupa más de un tercio del volumen facial total”. 

“La neuralgia del trigémino provoca dolores muy fuertes y severos, de aparición brusca y si bien su duración es breve se repiten numerosos episodios de crisis durante el mismo día”.

Probablemente la gran mayoría de la población ha tenido dolor de cabeza en un momento u otro de su vida. Este dolor, llamado cefalea, no es una enfermedad en sí sino que es un síntoma común a muchas patologías y de ahí su alta frecuencia. El término cefalea podría definirse de modo general como un dolor que se localiza en el cráneo y que abarca desde las órbitas de los ojos hasta la región occipital. Sin embargo, en la práctica esta dolencia comprende un sentido más amplio que incluye el dolor facial y cervical, ya sea como detonante de la cefalea o como consecuencia de la irradiación de la misma.

Es por ello, y teniendo en cuenta estas consideraciones, que si bien no se trata de una cefalea en el concepto estricto de la palabra, la neuralgia del trigémino está incluida como tal en la clasificación de la International Headache Society (IHS 1988), la más aceptada a la hora de unificar criterios.

En realidad la neuralgia del trigémino, también llamada “tic doloroso”, podría definirse como una algia facial provocada por la afectación de este nervio que causa episodios de dolor breves pero muy intensos y punzantes en los ojos, labios, nariz, boca, frente, mandíbula y hasta el cuero cabelludo. Todas estas zonas están inervadas por el nervio trigémino por lo que cualquiera de ellas puede verse afectada en caso de crisis.

El trigémino o trigeminal es el quinto de los doce  pares de nervios craneales que se originan en la base del cerebro y es el responsable de enviarle a éste sensaciones de la cara y la cavidad oral (lengua y dientes) así como del funcionamiento de los músculos de la masticación. Este nervio, que tiene pues una función sensitiva y una función motora, es el más importante, el más elástico y el más grande del rostro ya que él sólo ocupa más de un tercio del volumen facial total

El término “trigémino” es muy ilustrativo a la hora de describir este nervio puesto que proviene del vocablo latín “trigeminus”, que significa trillizos. Esto hace referencia a las tres ramas o divisiones que lo forman. Se trata de la rama oftálmica o superior, cuyo nervio oftálmico conduce la información del cuero cabelludo, la frente, el párpado superior y la mucosa nasal, entre otras estructuras; la rama maxilar, en la que el nervio del mismo nombre tiene bajo su mando al párpado inferior y la mejilla, el labio y los dientes superiores, el paladar y la nariz, entre otros, y la rama mandibular o maxilar inferior, que se encarga de llevar la información del labio y los dientes inferiores, la barbilla y el dolor y temperatura de la boca. Es debido a esta amplia cobertura que cuando el trigémino está afectado puede dar múltiples y variados síntomas, dependiendo de si hay una o más ramas implicadas y de si es unilateral o de ambos lados. Por lo general el lado derecho y la segunda y la tercera división son las más afectadas mientras que la primera y la bilateralidad se dan con poca frecuencia.

Los dolores que provoca la neuralgia del trigémino suelen aparecer de forma brusca y son muy severos y de tipo electrizante, como si fuera un calambre o una descarga eléctrica. Su duración es corta y puede oscilar entre unos segundos y un par de minutos pero su frecuencia es repetitiva, es decir, el dolor reaparece numerosas veces a lo largo del día. Estos episodios pueden durar días, semanas o meses y a veces remiten durante un periodo de tiempo más o menos largo para luego regresar.

Si bien el dolor se presenta habitualmente de forma espontánea hay lo que se llama “zonas gatillo”, es decir, aquellas que pueden desencadenar una crisis tan solo por una leve vibración o por un roce al realizar actividades tan comunes como lavarse los dientes o la cara, afeitarse, maquillarse, hablar, masticar, sonreír, bostezar o exponerse a un ligero viento o a cambios de temperatura. Es por ello que muchas personas que sufren de esta dolencia evitan estas rutinas diarias puesto que temen un ataque inminente de dolor.

Si no está asociada a ninguna otra enfermedad la neuralgia del trigémino es más frecuente en mujeres y a partir de los 40 años, si bien se dan casos en personas más jóvenes y, aunque excepcionalmente, hasta en niños.

Aunque las causas responsables de esta dolencia no están del todo claras existen varias teorías entre las que predomina la posibilidad de que un vaso sanguíneo, probablemente la arteria cerebelar superior, comprima el nervio trigémino en algún tramo de su recorrido. Esta compresión provocaría una desmielinización del nervio, es decir, la pérdida de su vaina protectora de mielina, lo que generará una hiperactividad en su funcionamiento que puede producir ataques de dolor al mínimo estímulo. Se barajan también como hipótesis causantes de la neuralgia del trigémino un aneurísma (dilatación de la pared de una arteria), un tumor, un choque traumático, esclerosis múltiple e incluso el llevar un piercing en la lengua.

 Rosa Maria Canas © 2014 

 

 


floraintestinal

FLORA INTESTINAL E INMUNIDAD

 

GENTILES MICROORGANISMOS

QUE MANTIENEN FUERTES

NUESTRAS DEFENSAS  

 

“Manteniendo un óptimo equilibrio de la flora intestinal contribuimos al fortalecimiento de nuestro sistema defensivo y, en consecuencia, disminuimos nuestra vulnerabilidad a las enfermedades”.

¿Por qué los cambios climáticos o el inevitable contacto con virus patógenos en nuestra vida cotidiana afectan más a unas personas que a otras? ¿Por qué hay quien se resfría con más facilidad al estar en contacto con alguien acatarrado o cuando descienden las temperaturas bruscamente? La susceptibilidad de cada uno a contraer ciertas enfermedades depende de sus mecanismos de defensa inmunitaria, es decir, de un sistema inmunitario fuerte capaz de afrontar cualquier agresión externa o interna. En este engranaje defensivo complejo y potente uno de los componentes que ocupa un destacado lugar es la mucosa intestinal, que forma parte del sistema digestivo y en la que se encuentra la llamada flora intestinal. Esta flora se compone de más de 400 especies distintas que representan unos cien billones de microorganismos distribuidos entre la boca y el ano. Nuestro organismo les alimenta y a cambio ellos producen sustancias que nos benefician, como inmunoestimulantes, antitóxicos y antibióticos naturales, a la vez que impiden que otros  agentes nocivos se instalen en nuestro sistema digestivo. Se trata pues, de una relación de ayuda mútua.

La llamada terapia probiótica persigue precisamente estos objetivos: establecer un medio ambiente en el cual la flora intestinal esté equilibrada de modo que no puedan sobrevivir otros microorganismos patógenos y en el que se produzcan esas sustancias beneficiosas que a través de la flora van a fortalecer nuestro sistema inmunitario. Para ello esta terapia incluye el tratamiento con bifidobacterias y lactobacilos, principales grupos de “huéspedes gentiles” que se encuentran en la flora intestinal.

Las bifidobacterias, al igual que los lactobacilos, tienen como función mayor impedir que puedan desarrollarse otras especies patógenas para nuestra salud. Para ello segregan ciertas sustancias que actúan como antibióticos naturales, los cuales tienen un efecto protector frente a infecciones; producen ácido acético para hacer frente al posible desarrollo de Candida Albicans, género de hongos parásitos responsable de numerosas afecciones en piel y mucosas, y estimulan la capacidad de defensa del organismo debido a que favorecen la formación de anticuerpos. Las bifidobacterias previenen la aparición de alergias y nos protegen además de los efectos secundarios que puedan producir tratamientos antibióticos. Se ha observado que el consumo de antibióticos provoca una disminución drástica de la flora intestinal, lo que se llama “vacío ecológico”. Una vez terminado el tratamiento con estos productos este vacío lo van a ocupar las cepas que hayan resistido, la mayoría perjudiciales para nuestra salud, y los microbios oportunistas que aprovecharan el desequilibrio ecológico óptimo de la flora intestinal.

De entre los numerosos habitantes de nuestro sistema digestivo destacan también de forma importante la familia de los lactobacilos, presentes además en la piel y algunas mucosas, como la vaginal. Entre los principales encontramos los acidophillis, bifidus, sporogenes, casei y bulgaricus. Sus indicaciones terapéuticas son numerosas: ayudan en la digestión y en los problemas gastrointestinales, facilitan la asimilación de los nutrientes que aprovechamos de los alimentos, previenen infecciones, principalmente vaginales y urinarias, pueden resultar de interés en casos de colesterol elevado o de déficit de vitaminas del grupo B y probablemente son de ayuda en ciertos casos de tumores.

De hecho, aunque la terapia probiótica parece un hallazgo reciente tiene en realidad siglos de práctica a sus espaldas puesto que el consumo de lácteos fermentados se viene utilizando desde la antigüedad como sistema para evitar la putrefacción de la leche y de otros alimentos. Su utilización terapéutica se la debemos básicamente al doctor ruso Metchnikoff, quien a principios de siglo pasado elaboró su llamada teoría de la longevidad. En base a poblaciones que consumían habitualmente yogur y leches fermentadas, como las del Cáucaso y los Balcanes, Metchnikoff observó que el consumo de lactobacilos presentes en estos alimentos puede combatir el crecimiento excesivo de bacterias nocivas en la flora intestinal, crecimiento que es responsable de numerosas enfermedades y del proceso de envejecimiento.

Los beneficios de una flora intestinal equilibrada y correcta resultan pues evidentes y hoy en día indiscutibles para mantener nuestro buen estado de salud. Fortaleciendo estos “huéspedes gentiles” que componen la flora a través de una correcta alimentación y tipo de vida, y si es necesario de una óptima suplementación adicional, estaremos contribuyendo al fortalecimiento de nuestro sistema defensivo y, en consecuencia, disminuyendo nuestra vulnerabilidad a las enfermedades.

 Rosa Maria Canas © 2014

 

 

 

aguademar

 

EL MAR, ORIGEN DE LA VIDA 

Sus Propiedades Terapeuticas

El plasma marino y el plasma humano tienen la misma identidad física, química y fisiológica lo que hace que el agua de mar resulte inestimable para la prevención y tratamiento de las enfermedades.

Tanto científicos como investigadores y biólogos coinciden en señalar que el origen de la vida se encuentra en el agua ya que el primer ser vivo, aparecido hace cientos de millones de años surgió del océano primitivo. De él apareció la primera célula madre que dio origen a todos los seres vivos que hoy poblamos el Planeta. El Medio Marino es, pues, el ecosistema más importante de la Tierra y no en vano la superficie total ocupada por océanos y mares representa aproximadamente el 71% de la superficie del globo, o lo que equivale a decir, 354 millones de km2.

El primer ente vivo formado por una sola célula pasó a convertirse en un ser pluricelular con un sistema circulatorio característico: no estaba constituido por sangre sino simplemente por agua marina. Con el tiempo, y debido a la desecación de su medio acuático, algunos animales marinos tuvieron que salir a la tierra pero en su interior ya quedó esa porción de agua de mar que se ha ido transmitiendo durante generaciones a lo largo de millones de años, durante los cuales la evolución llevó al ser que somos hoy: un organismo compuesto por 60 trillones de células con una impresionante capacidad de auto recuperación gracias a los miles de reacciones bioquímicas que se realizan en su interior cada segundo. No es pues de extrañar la afirmación del profesor Fred Vlés, quien aseguró que “la biología no es otra cosa que la ciencia del agua”.

Esta agua marina heredada permanece en nuestro medio interno, es decir, en palabras de Claude Bernard (1865), “aquel en el cual se bañan las células sin comunicación con el exterior”, llamado también líquido extracelular L.E.C. Esto explica, por ejemplo, el porqué nuestras lágrimas, secreciones nasales o sudor tienen un ligero sabor salado. La importancia, pues, del L.E.C o tejido básico de Pischinger, es incuantificable ya que las células no están en contacto directo unas con otras sino que cualquier información, sea del tipo que sea, -metabólica, inmunológica, impulsos nerviosos…- pasa a través de éste líquido. Puede decirse que el agua orgánica es el soporte de las células y por tanto de todos los mecanismos vitales.

La importancia del agua de mar en relación a la supervivencia humana ha resultado evidente desde la antigüedad y encontramos abundantes referencias al respecto tan antiguas como la propia medicina: Eurípides aseguró, 5 siglos antes de nuestra era, que “el mar cura los males de todos los hombres”, Hipócrates recomendaba el uso oral y externo del agua marina, en el siglo XVIII John Lathan abrió en Gran Bretaña el primer hospital marino y 100 años después aparecieron en Alemania y Francia los primeros centros de talasoterapia.

Pero fue René Quinton (1867-1925), filósofo, fisiólogo y biólogo francés, quien  descubrió a principios del siglo XX la similitud entre el medio interno animal y el medio marino y, en consecuencia, las propiedades terapéuticas del mar. Dicho de otro modo, Quinton demostró con sus investigaciones que el plasma marino y el plasma humano tienen la misma identidad física, química y fisiológica y que las concentraciones relativas de cada elemento químico presentes en el mar y en el L.E.C son similares.

Si bien hace 100 años René Quinton encontró en el agua del mar 15 elementos clasificados en la tabla química periódica, aunque concluyó que probablemente debían de encontrarse todos, posteriores investigaciones han llegado a establecer que son 92 y que su biodisponibilidad permite facilitar al organismo aquellos que necesita y eliminar naturalmente los que le son innecesarios.

El agua del mar representa un impacto terapéutico considerable dirigido al buen funcionamiento del metabolismo mediante la regeneración del medio interno por la correcta actividad celular y más teniendo en cuenta que la mayoría de las enfermedades mantienen o desarrollan un desequilibrio electrolítico.

Teniendo en cuenta estas consideraciones resulta evidente que el plasma marino tiene un papel primordial en la prevención de enfermedades así como coadyuvante en su tratamiento, sea por vía oral o por vía tópica, según la patología de la que se trate. Su mecanismo de actuación será en sinergia con nuestro organismo ya que nuestro medio interno reconocerá en el agua de mar algo que les es propio.

René Quinton nos dejó una imagen muy esclarecedora de la importancia de mantener nuestro líquido interno en buen estado a fin de evitar y tratar la enfermedad: somos como un acuario. Si el agua de una pecera no se renueva, se ensucia y se vicia, los peces que viven en ella acabaran muriendo; si por el contrario este agua se mantiene en buen estado los peces gozaran de energía y vitalidad.

Nuestro acuario interno que baña a las células con plasma prácticamente igual al marino ha de estar en óptimas condiciones- lo que no resulta fácil teniendo en cuenta la contaminación atmosférica, la alimentación, las emociones o el stress al que estamos sometidos-, de lo contrario nuestro organismo enfermará pudiendo llegar incluso a la muerte.

El tratamiento con agua de mar limpia nuestra pecera y en un medio interno limpio, sano y equilibrado no se cultiva la enfermedad. Como dijo el médico y fisiólogo  ruso Alexandre Bogomoletz (1881-1946) en su libro "Como prolongar la vida", " la renovación periódica y permanente del medio interior lo rejuvenece".

Rosa Maria Canas © 2014

 

 

 

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SÍNDROME DEL TÚNEL CARPIANO:

cuando las manos no responden

“Personas con determinadas profesiones y actividades parecen tener una tendencia más acusada a sufrir el Síndrome del Túnel Carpiano que el resto de la población”. 

“El STC puede provocar una atrofia de la musculatura de la eminencia tenar que limitará de forma importante la funcionalidad de la mano afectada o de ambas manos, ya que esta dolencia puede presentarse de forma bilateral”.

Una de las patologías que está tomando relevancia en la actualidad es el llamado Síndrome del Túnel Carpiano (STC), afectación que por lo general suele ser más frecuente en mujeres entre los 30 y los 60 años y en personas que realizan un trabajo manual repetitivo, de ahí que pueda considerarse como una enfermedad profesional. Si bien no se trata de un problema grave resulta doloroso, molesto y limitante y puede acarrear secuelas si el tratamiento no es el correcto o no se realiza de forma adecuada.

El STC es una neuropatía periférica, entendiendo por este término la afectación de un nervio situado en las extremidades. En este caso el nervio involucrado es el nervio mediano, que va desde el antebrazo hasta la palma de la mano, y que se encarga de la sensibilidad y el movimiento de todos los dedos excepto del meñique. Este nervio pasa por la muñeca e ingresa en la mano a través de un túnel formado por huesos, tendones y ligamentos, el llamado túnel carpiano, pasadizo estrecho y rígido que puede estrecharse aún más por distintas razones. Este estrechamiento provocará la compresión del nervio mediano a su paso por la muñeca, con resultado, habitualmente, de dolor, entumecimiento, debilidad, hormigueo y/o pérdida de fuerza.

Las causas que provocan un Síndrome del Túnel Carpiano pueden ser varias ya que no se trata de un problema propio del nervio sino que es consecuencia de cualquier trastorno que lleve a su aprisionamiento y a un aumento de presión en el mismo, como por ejemplo, la inflamación de un tendón o la presencia de líquido.

Sin embargo, se ha observado que el STC guarda una estrecha relación con el ejercicio de determinadas profesiones y actividades que implican la repetición continuada de ciertos movimientos con las manos, en especial si requieren de posturas forzadas y del uso de la fuerza, y con pocos intervalos de descanso. El hacer sistemáticamente los mismos movimientos puede dar lugar a dolencias tales como bursitis (inflamación de la bolsa donde se encuentra el líquido que permite el movimiento de músculos y tendones sobre el hueso), tendinitis (inflamación del tendón), o hipertonía (tensión exagerada del tono muscular). Todo ello puede tener consecuencias sobre el nervio mediano al provocar su atrapamiento.

Dentro del contexto profesional son potenciales candidatos a sufrir del STC personas de los ámbitos de la costura, peluquería, cadenas de ensamblaje y montaje, músicos, pintores, operarios y carpinteros que trabajan con herramientas y máquinas manuales, en especial si vibran, cajeros de supermercado y aquellos que pasan muchas horas tecleando en el ordenador. Igualmente resultan de riesgo actividades deportivas como el remo y el golf, por el uso forzado de las muñecas.

A pesar de la relación causa-efecto según la actividad diaria, el STC puede asociarse a otras causas como son una predisposición genética, en cuyo caso el túnel carpiano es más pequeño de lo que debería ser, traumatismos o lesiones en la muñeca, como por ejemplo una fractura, un esguince o una torcedura, hipotiroidismo, retención de líquidos durante el síndrome premenstrual, menopausia o embarazo, un quiste en el túnel propiamente dicho, o enfermedades que afectan a huesos y articulaciones, como artritis reumatoidea, osteoartritis y lupus eritematoso, entre otras.

La sintomatología que presenta el Síndrome del Túnel Carpiano aparece por lo general gradualmente. Así pues, en una primera etapa suelen presentarse dificultades sensitivas ya que al inicio se afecta la parte más superficial del nervio. Si la presión sobre éste continúa habrá trastornos en la movilidad de la mano y de los dedos, a excepción del meñique.

Si bien la intensidad de los síntomas varía de una persona a otra el STC se caracteriza por una sensación de calor y acorchamiento así como de calambre y hormigueo en la palma de la mano y en los dedos, especialmente el pulgar, el índice y en ocasiones el medio. La persona siente como si estuvieran hinchados aunque tal hinchazón no es aparente a simple vista. Puede haber dolor hasta el codo o bien adormecimiento de la mano. Este dolor se hace más intenso al intentar agarrar objetos o al doblar la muñeca y llega incluso a despertar al afectado por la noche, que siente la necesidad de sacudir la mano, como si bajara la temperatura de un termómetro. Son comunes también la pérdida de fuerza y la dificultad para cerrar el puño.

Si el Síndrome del Túnel Carpiano progresa con el tiempo puede llegar a provocar una atrofia de la musculatura de la palma lo que limitará de forma importante la funcionalidad de la mano afectada o de ambas manos, ya que esta dolencia puede presentarse de forma bilateral.

Rosa Maria Canas © 2014

 
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