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ALZHEIMER (II)

 

CUANDO SE PIERDEN LAS IDEAS

 

“Si bien la evolución de la enfermedad de Alzheimer puede ser distinta en cada caso se considera que el proceso degenerativo del enfermo pasa por tres fases” .

“La enfermedad de Alzheimer podría etiquetarse como una enfermedad de la familia debido a la tensión constante que provoca observar el deterioro progresivo de un ser querido y a la atención específica que éste necesita”.

La enfermedad de Alzheimer podría definirse como una cruel enfermedad que lleva al aislamiento de la persona en su propio mundo, un mundo en el que no hay coherencia mental, los pocos y confusos recuerdos que quedan están desordenados en el tiempo y el espacio y las facultades intelectuales están grave e irreversiblemente afectadas. El cerebro sufre un proceso de degeneración en el que poco a poco y sin piedad se van destruyendo sus células, las neuronas, lo que impide el paso de la información entre ellas con la consecuente pérdida de memoria y deterioro del pensamiento.

Si bien el cuadro general de la enfermedad de Alzheimer es el mismo, el proceso degenerativo es distinto según el paciente, es decir, no todas las personas afectadas por esta patología sufren los mismos síntomas, en el mismo orden, en el mismo periodo de tiempo ni con el mismo grado de severidad. Sin embargo, y a fin de poder valorar su evolución, se han establecido unas pautas que describen las tres fases por las que pasa un enfermo de Alzheimer. 

La primera etapa suele durar de 2 a 5 años y se caracteriza por problemas de memoria, que se va deteriorando progresivamente. Por lo general se trata de fallos de poca importancia; la persona olvida nombres, números de teléfono o lo que ha tomado para desayunar, por ejemplo. A estos “despistes” se añade una disminución de la capacidad de concentración y una fatiga cada vez más acentuada, por lo que puede resultar difícil encontrar las palabras necesarias para expresar lo que se quiere decir. Igualmente suele surgir cierta desorientación en el espacio y se pierde el sentido de la ubicación, es decir, el enfermo no reconoce bien el lugar en el que se encuentra, se siente perdido en un entorno conocido y puede que no recuerde cosas que le eran familiares.

En este primer estadio, el lenguaje, la capacidad motora y la percepción se mantienen aún conservados y aunque a la persona no le resulte muy fácil encontrar las palabras para expresarse es capaz de mantener una conversación. Esta fase de la enfermedad es muy dura y angustiosa para quien la sufre puesto que se es totalmente consciente de lo que ocurre. Es por ello que en ocasiones, ya sea por preocupación o tal vez por vergüenza, puede tenderse a ocultar los síntomas.

En una segunda fase la sintomatología es ya más severa y puede durar de 2 a 10 años, según el caso. Se producen alteraciones importantes de la función cerebral y se acentúan los problemas de memoria de modo que se mezclan recuerdos recientes con otros más antiguos. Este estadio se caracteriza por las llamadas “3 A”: “afasia”, se dificulta o se pierde la capacidad de hablar o de entender debido a una disfunción del sistema nervioso; “agnosia”, se pierde la capacidad de reconocer objetos, su función y su utilidad así como para identificar a las personas conocidas y asociar sus nombres a sus caras, y “apraxia”, que indica las dificultades que tiene la persona para realizar funciones ya aprendidas, es decir, movimientos voluntarios, a pesar de que el tono muscular, la sensibilidad y la coordinación se mantienen intactos. Esto quiere decir que el enfermo es incapaz de llevar a cabo acciones rutinarias, como vestirse o atarse los zapatos, por ejemplo.

Finalmente, en la tercera fase la persona está ya afectada por una demencia severa que hace imprescindible que esté bajo una vigilancia constante. Las funciones cognitivas desaparecen por completo y ya no se reconoce a los familiares ni incluso la propia imagen ante el espejo. El cuerpo queda rígido, deja de responder a estímulos y el enfermo puede estar agitado e irritable. Se pierde la capacidad de hablar y de entender, de caminar, de movimiento e incluso de deglución por lo que la mayoría de los casos acaban encamados y con alimentación asistida. 

Por lo general el paciente de Alzheimer suele morir a causa de otras afecciones o complicaciones, como son infecciones en las vías respiratorias, pulmonía, neumonía o infecciones urinarias o de piel.

La enfermedad de Alzheimer podría etiquetarse como una enfermedad de la familia debido a la tensión constante, tanto física como psicológica, que provoca en el núcleo familiar observar el deterioro progresivo de un ser querido y a la atención específica que éste necesita. Una grave y, sobretodo larga enfermedad, provoca un importante impacto emocional además de un trastorno y serias alteraciones en la rutina de las personas que conviven con el enfermo, especialmente sobre el que podríamos llamar “familiar cuidador primario”, en quien recaen la mayoría de responsabilidades a la hora de los cuidados y atenciones al afectado.

Con el estrés psicológico de fondo la familia ha de adaptarse a nuevos modos de vida y de convivencia. La falta de descanso y de ocio, la fatiga y la angustia, la tensión y el dolor emocional y la dedicación permanente al enfermo, con insultos y acusaciones por su parte, pueden llevar a los familiares a sufrir problemas de salud, que unidos a su sufrimiento van minando sus capacidades para afrontar la crisis de la enfermedad de su ser querido. Es por ello que el tratamiento completo de la enfermedad de Alzheimer no debería jamás olvidar a la familia del paciente, teniendo en cuenta sus necesidades e incluyendo ayuda, apoyo emocional y programas educativos y de asesoramiento sobre la enfermedad.

Rosa Maria Canas ©2016