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FLORA INTESTINAL E INMUNIDAD

 

GENTILES MICROORGANISMOS

QUE MANTIENEN FUERTES

NUESTRAS DEFENSAS  

 

“Manteniendo un óptimo equilibrio de la flora intestinal contribuimos al fortalecimiento de nuestro sistema defensivo y, en consecuencia, disminuimos nuestra vulnerabilidad a las enfermedades”.

¿Por qué los cambios climáticos o el inevitable contacto con virus patógenos en nuestra vida cotidiana afectan más a unas personas que a otras? ¿Por qué hay quien se resfría con más facilidad al estar en contacto con alguien acatarrado o cuando descienden las temperaturas bruscamente? La susceptibilidad de cada uno a contraer ciertas enfermedades depende de sus mecanismos de defensa inmunitaria, es decir, de un sistema inmunitario fuerte capaz de afrontar cualquier agresión externa o interna. En este engranaje defensivo complejo y potente uno de los componentes que ocupa un destacado lugar es la mucosa intestinal, que forma parte del sistema digestivo y en la que se encuentra la llamada flora intestinal. Esta flora se compone de más de 400 especies distintas que representan unos cien billones de microorganismos distribuidos entre la boca y el ano. Nuestro organismo les alimenta y a cambio ellos producen sustancias que nos benefician, como inmunoestimulantes, antitóxicos y antibióticos naturales, a la vez que impiden que otros  agentes nocivos se instalen en nuestro sistema digestivo. Se trata pues, de una relación de ayuda mútua.

La llamada terapia probiótica persigue precisamente estos objetivos: establecer un medio ambiente en el cual la flora intestinal esté equilibrada de modo que no puedan sobrevivir otros microorganismos patógenos y en el que se produzcan esas sustancias beneficiosas que a través de la flora van a fortalecer nuestro sistema inmunitario. Para ello esta terapia incluye el tratamiento con bifidobacterias y lactobacilos, principales grupos de “huéspedes gentiles” que se encuentran en la flora intestinal.

Las bifidobacterias, al igual que los lactobacilos, tienen como función mayor impedir que puedan desarrollarse otras especies patógenas para nuestra salud. Para ello segregan ciertas sustancias que actúan como antibióticos naturales, los cuales tienen un efecto protector frente a infecciones; producen ácido acético para hacer frente al posible desarrollo de Candida Albicans, género de hongos parásitos responsable de numerosas afecciones en piel y mucosas, y estimulan la capacidad de defensa del organismo debido a que favorecen la formación de anticuerpos. Las bifidobacterias previenen la aparición de alergias y nos protegen además de los efectos secundarios que puedan producir tratamientos antibióticos. Se ha observado que el consumo de antibióticos provoca una disminución drástica de la flora intestinal, lo que se llama “vacío ecológico”. Una vez terminado el tratamiento con estos productos este vacío lo van a ocupar las cepas que hayan resistido, la mayoría perjudiciales para nuestra salud, y los microbios oportunistas que aprovecharan el desequilibrio ecológico óptimo de la flora intestinal.

De entre los numerosos habitantes de nuestro sistema digestivo destacan también de forma importante la familia de los lactobacilos, presentes además en la piel y algunas mucosas, como la vaginal. Entre los principales encontramos los acidophillis, bifidus, sporogenes, casei y bulgaricus. Sus indicaciones terapéuticas son numerosas: ayudan en la digestión y en los problemas gastrointestinales, facilitan la asimilación de los nutrientes que aprovechamos de los alimentos, previenen infecciones, principalmente vaginales y urinarias, pueden resultar de interés en casos de colesterol elevado o de déficit de vitaminas del grupo B y probablemente son de ayuda en ciertos casos de tumores.

De hecho, aunque la terapia probiótica parece un hallazgo reciente tiene en realidad siglos de práctica a sus espaldas puesto que el consumo de lácteos fermentados se viene utilizando desde la antigüedad como sistema para evitar la putrefacción de la leche y de otros alimentos. Su utilización terapéutica se la debemos básicamente al doctor ruso Metchnikoff, quien a principios de siglo pasado elaboró su llamada teoría de la longevidad. En base a poblaciones que consumían habitualmente yogur y leches fermentadas, como las del Cáucaso y los Balcanes, Metchnikoff observó que el consumo de lactobacilos presentes en estos alimentos puede combatir el crecimiento excesivo de bacterias nocivas en la flora intestinal, crecimiento que es responsable de numerosas enfermedades y del proceso de envejecimiento.

Los beneficios de una flora intestinal equilibrada y correcta resultan pues evidentes y hoy en día indiscutibles para mantener nuestro buen estado de salud. Fortaleciendo estos “huéspedes gentiles” que componen la flora a través de una correcta alimentación y tipo de vida, y si es necesario de una óptima suplementación adicional, estaremos contribuyendo al fortalecimiento de nuestro sistema defensivo y, en consecuencia, disminuyendo nuestra vulnerabilidad a las enfermedades.

 Rosa Maria Canas © 2014